Dirigido por Ramón Simó e interpretado por Manel Barceló, el 5 y 6 de abril a las 21:00h en el Teatro Alhambra
REIR CON LOS VILLANOS 
La maldad nos atrae. Los malvados nos atraen. Nos gusta comentar sus actos, analizarlos, juzgarlos. Los seguimos y los perseguimos con una mezcla mágica de admiración y aversión, de excitación que nos hace aproximarnos y de miedo que nos aleja. Nos atraen como nos atrae cualquier peligro, cualquier posibilidad de ir más allá de los límites conocidos y aceptados. 
¿Hasta dónde podemos llegar? ¿Hasta dónde podemos “ser malvados” sin comprometer del todo nuestra “humanidad”? Y ¿de quién aprenderemos? Y si dejamos la humanidad al margen, ¿qué? ¿Qué hace que determinadas personas puedan decir, como el Satanás de Milton en el Paraíso perdido: “Mal, sé mi Bien”? 
El siglo XX nos ayudó a corroborar la opinión de los clásicos: el mal es la perdida de humanidad, el abandono de la compasión y de cualquier otro sentimiento comunitario, social, solidario, amable. El malvado no ve a los demás como seres humanos, sino como obstáculos que se interponen entre él y el mundo, entre la realidad y sus deseos, por más irracionales que sean. Lucha por afirmarse él mismo, por ser, por ganar, por imponer su voluntad en una carrera imparable en la que, paradójicamente, la meta está cada vez más lejos. Cada pequeño triunfo, cada hito conseguido, no es más que el inicio de una nueva carrera. Sin satisfacción final posible, la espiral del deseo de poder lleva al malvado a querer ser dios, más allá de toda norma y toda responsabilidad. Demasiadas veces, la maldad y la divinidad se han confundido con la libertad absoluta. 
La carrera del malvado se desarrolla en todos los ámbitos de la vida cotidiana y en todos sus niveles. En la gran política y en la política de barrio, desde Davos a la gestión de una pequeña empresa, en las relaciones laborales, familiares, amorosas… dondequiera se organizan competiciones: solo hace falta decidir si participamos o no. La decisión no es fácil aunque, por suerte, la mayoría de la población decide no participar. Al menos no en todas las carreras. 
Aunque para no rellenar la inscripción, necesitamos entender por qué otros si que lo hacen. 
Entender el mal y a los malvados. La psicología y la psiquiatría, la sociología, la economía política, la filosofía moral y muchas otras ramas del saber y de la experiencia humana se esfuerzan para explicarnos las causas. Y conocer las causas de la maldad es una manera de conjurarla. Así, en la mayoría de casos, podemos llegar a entender a cualquier monstruo – asesino, terrorista, dictador, empresario sin escrúpulos, político vendido, consultor, violador…- como un individuo herido y desesperado que necesita, solo, amor, compañía, comprensión e, incluso, podemos llegar a transformarlo en víctima. ¿Siempre? Esta ambivalencia que le otorgan los espectadores, incluso aquellos que han sufrido sus abusos, esta mezcla de admiración por sus triunfos y de compasión por sus carencias “humanas” justifica demasiado a menudo, paradójicamente, los actos más reprobables. Hoy, por ejemplo, en España o Italia, los resultados electorales son buena prueba de ello. 
Otra manera de entender el mal y quizás de desarmarlo, es jugar con él. Representarlo. Así lo ha hecho la humanidad desde el principio de los tiempos, y así lo hizo Shakespeare, y no falta quien dice que parte importante de la pervivencia de su obra se debe a la inmortalidad de sus personajes malvados. Los malvados de Shakespeare no caducan. El público parece que no se ha cansado de verlos, de disfrutar con ellos, de admirarlos y rechazarlos. Y los actores siempre están a punto para ceder a la tentación de representarlos. Como el propio Berkoff cuando, en 1998, escribió e interpretó por primera vez Shakespeare’s villains. 
Berkoff explica que, en el origen de la obra, se encuentra su voluntad de “jugar” con Shakespeare. Como actor quería tener la oportunidad de medir sus fuerzas con los grandes personajes shakesperianos cuando quisiera y donde quisiera, sin depender de los condicionantes que suponen las grandes producciones. Quería, además, hacer participar al espectador de las dificultades, los pensamientos, las asociaciones y sensaciones que padece el 
actor en el momento de enfrentarse a los caracteres de Shakespeare. Hacia falta escoger el material y Berkoff, siguiendo sus particulares intuiciones y gustos, optó por los “villanos”: son estos personajes, finalmente, los que exigen del actor lo máximo, técnicamente, estéticamente y, está claro, moralmente y humanamente. El texto de Berkoff obliga al actor a jugar con Shakespeare, a entrar y salir de sus personajes, a apostar cada noche por poderse poner en la piel de los malvados que, sin duda, hurgan en lo más profundo de su conciencia y en la del 
espectador. Quizás es por esto que, al explicarlos, el autor nos los muestra con humor y con grandes dosis de ironía cuando los compara con la realidad contemporánea. El mismo humor e ironía que gasta para hablar del oficio de actor. 
Manel Barceló, apasionado de Shakespeare y con la suerte de haber representado unos cuantos, reconocido experto en el arte del monólogo, será uno de los primeros en representar el texto de Berkoff, ahora que, después de pasearlo por medio mundo, el autor y director inglés ha ofrecido la posibilidad a otros actores de representarlo. Manel Barceló será Yago, Ricardo III, los Macbeth, Shylock, Hamlet, Oberon… Un actor tentado por los malvados, un actor que ha de querer luchar al mismo tiempo al lado y contra los malvados, que entrará en unos personajes de los cuales cuesta mucho salir: reiremos con él, veremos con él el lado débil de los malvados, sus contradicciones, pero también nos enseñará su fuerza, su poder. Y volveremos a reír. Dejar de hacer de malvado, en el teatro y en la vida, no es nada fácil. 
Ramon Simó

Abril 2013: Dias 5 y 6 (21 h.) 16 €

Venta de entradas: TICKETMASTER.ES
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